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La pintura Naif


Francisco Cueras Torrens
De la Asociación de Críticos de Arte

Como de todos es sabido, la pintura "naif" ni es un movimiento artístico rígido ni conoce ni practica una determinada doctrina estética. Desde aquella plana mayor del género que se fue formando en las más fiversas latitudes a partir de Rousseau el aduanero - Vivien, John Kane, Granma Moses, Vivancos, etc.-, hasta los cultivadores actuales, ninguno ha practicado una doctrina estética. Exponentes todos ellos de una actitud puramente vital, ni han elaborado una peculiar filosofía del arte ni han intercambiado sus descubrimientos formales. Se han limitado a asimilar intuitivamente la belleza del mundo circundante, y no han querido traducirlas en teorías, sino en obras.

El pintor "naif", ya lo sabemos también, es aquel que en cada cuadro se inventa la pintura, dando preferencia al hecho de "contar algo". Pues bien, un extraordinario arquetipo de este concepto intuitivo y narrativo es este gran artista cordobés, quien nos "cuenta" un sugestivo mundo costumbrista, a veces en perpetua fiesta, recordado con mucha ternura pero también con mucha ironía. Nos cuenta una vida poetizada por el recuerdo, convirtiendo sus cuadros, por obra y gracia de su gran sensibilidad y oficio, en un subyugante friso de graciosas figuras, deliciosos paisajes y refinados colores, que hace nacer en los contempladores una sonrisa de felicidad.

Como ha ocurrido en otros paises, la pintura "naif" se ha convertido en otra de las constantes del arte español contemporáneo. Ello se debe, posiblemente, a que la pintura acusa algo así como un cansancio de sabiduría, que, por cierto, ha desembocado en esos realismos fotográficos a veces solo hijos de la paciencia. La buena pintura "naif" ha sabido alzar su casto primitivismo y su buen humor como una revancha de la alegría sencilla sobre las complicaciones que nos cercan. Haciéndonos olvidar, con su sosiego apacible y dulce nostalgia de tiempos idos, el triste ámbito de nuestra realidad cotidiana actual. Esa de ahí fuera, asaetada por todas partes de ruidos de motores, metralla de luces de neón, poluciones atmosféricas, alocada agitación y, en suma, cuanto disparatadamente nos aliena el vivir. Pero aunque este notable artista cordobés utilice las reglas de los "nair" -distorsión de la apariencia de lo real y de la perspectiva, rotura de la adecuación del color, etc.-, para mí resulta ser, sobre todo, un "pintor costumbrista", al verle anteponer a ese hipotético espíritu de ingenuidad, una necesidad de expresión digamos social y popular. Por eso es que las expresiones "naif" de Ripoll, nada tienen que ver con las de los grandes epígonos del género. Por el contrario, frente al mundo un poco canallesco de Mombois con el erotismo de los salones de burdel, al histórico de Bauchant o a la maniática repetición floral de Séraphine, el universo pluriargumental, sencillo, popular, puro y altamente humano de este pintor cordobés, es el de la plasmación de todos los síntomas de la más variada y rica realidad andaluza, aunque, naturalmente, adornándola con el prestigio de lo imaginario.

Sobre todo, de la rica realidad de la Córdoba del pasado, lo que nos viene a demostrar que Carlos González-Ripoll es un artista extraordinariamente sincero, que pinta para satisfacer una necesidad espriritual provocada por su ciudad natal. Demostrándonos de paso que estamos ante un pintor que se apasiona en su entrega total, a la labor fascinante de trasladar al lienzo, transfigurándolas líricamente, las costumbres y paisajes urbanos de su bella ciudad natal. Las callejas y plazas típicas, los acontecimientos tradicionales y las festividades populares, lo folklórico y lo religioso, la projundidad y la gracia andaluza. La vida humana de Córdoba, en fin, en sus aspectos más esenciales.

Ripoll es un supremo arquetipo de la "pintura de anécdota", pero más allá de la gracia del costumbrismo y más allá de la sorprendente tipología telúrica que tanto le place, lo que hace también es "pintura-pintura". Una pintura, eso sí, abierta a todos, como un medio de expresión común al modo de un lenguaje de la vida corriente, hecha con pincelada minuciosa y certera sobre el esqueleto de un dibujo muy personal. Pintura con la que ha conseguido adueñarse de una dimensión de "estilo", que le ha colocado en un buen lugar de esa larga nómina de "naif" españoles.

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©2001 Rafael González-Ripoll